Hoy he enterrado al
pequeño ruiseñor.
La sangre me
palpita en las sienes
como un puño de
dolor.
Ya no canta el
pajarillo,
la triste canción
de niebla,
la melancolía del
desamor;
sus plumas color
diamante,
han perdido su
belleza,
ahora gris
cuaresma,
ayer azul feroz.
La tierra llena de
escarcha,
ensucia mis manos y mi pulmón,
y un frío hedor de
viento,
sacude las lágrimas
hacia pueblos
blancos lejanos.
Ya no canta el
pajarillo,
ya no bombea su
canción,
ya no hay calor de
vida,
ni frío ni dolor.
¡Dónde estás, ave
de vientos y alegría!,
¡Dónde están las
flores por las
que tanto corrías!
La mañana desnuda,
trae al mundo
campanadas de muerte,
y un ataúd de
huesos
apuñala al cielo
en su vientre.
Mientras, mis
llantos desamparados
relucen como fríos cascabeles,
porque no enterré a
un pajarillo,
sino al corazón
desgarrado
de mi pecho,
de mi suerte.