lunes, 16 de marzo de 2020

El ruiseñor y la madrugada

Hoy he enterrado al pequeño ruiseñor.
La sangre me palpita en las sienes
como un puño de dolor.
Ya no canta el pajarillo,
la triste canción de niebla,
la melancolía del desamor;
sus plumas color diamante,
han perdido su belleza,
ahora gris cuaresma,
ayer azul feroz.

La tierra llena de escarcha,
ensucia mis manos y mi pulmón,
y un frío hedor de viento,
sacude las lágrimas hacia pueblos
blancos lejanos.
Ya no canta el pajarillo,
ya no bombea su canción,
ya no hay calor de vida,
ni frío ni dolor.

¡Dónde estás, ave de vientos y alegría!,
¡Dónde están las flores por las
que tanto corrías!

La mañana desnuda,
trae al mundo campanadas de muerte,
y un ataúd de huesos
apuñala al cielo
en su vientre.
Mientras, mis llantos desamparados
relucen como fríos cascabeles,
porque no enterré a un pajarillo,
sino al corazón desgarrado
de mi pecho, 
de mi suerte.